Un colorido camino es la ruta hacia el esplendor de un cerro, en cuya cima yace un columpio sostenido por dos árboles que, por sí solos, enmarcan la majestuosidad de un valle, el de Atlixco: el del mejor clima del mundo que todos los días, al amanecer, comienza a ser bañado por los cálidos rayos del sol.

Allí, en el columpio, desde lo alto, con una ermita custodiando a los visitantes, por momentos parece que se alcanza al cielo. En cada impulso, la adrenalina aumenta y el rozamiento del aire alienta a los aventureros a gritar fuerte, a disfrutar de su libertad y de la vida misma en sí.

Para llegar a la punta del Cerro de San Miguel y vivir esa osado reto se dejan atrás infinidad de momentos, unos más pintorescos que otros. Paso a paso, zancada a zancada, el camino de adoquín, terracería y escalones, muchos escalones, llega a cansar a hasta el más ejercitado.

Los callejones, pequeñas plazuelas y la cotidianeidad de la gente que vive en las faldas del cerro hacen del recorrido una experiencia única. Y en especial, hay una llamativa vía como opción para iniciar la subida a la cima: la Escalera Ancha, en donde hay un mural muy peculiar y vistoso.

Entre los escalones de este punto de referencia y de reunión para los locales, el muralista Juan Manuel Martínez plasmó parte del distintivo de la identidad de un histórico pueblo: una pareja, la de la china atlixquense y el charro de a pie, que conforman un espectáculo visual de arte urbano.

Los protagonistas del mural en cascada portan los trajes de los valles centrales de Atlixco, que se portan durante el Huey Atlixcáyotl, un festival cultural realizado el último domingo de septiembre de cada año cuando se reúnen representantes de las 11 regiones etnogeográficas de la entidad.

Las escaleras, además de reflejar la sencillez del corazón de los habitantes del Pueblo Mágico en un mural, por sí solas contienen historia. En esa escalera ancha, según narran los lugareños, comenzó a realizarse el Huey Atlixcáyotl, para más tarde llevar la tradición en lo alto del cerro.

Más abajo o arriba, a la derecha o la izquierda se observan otros murales con pasajes de la historia del turístico municipio: desde el imponente volcán Popocatépetl y los mitos sobre presencia extraterrestres en sus alrededores hasta sus inmuebles y antigua estación de tren.

Unas calles abajo en la misma ruta de ascenso al cerro, se admira un vitro mural con la imagen de una viejecilla, una obra del artista Víctor Hugo Poblano, que más allá de representar a una sola mujer, enaltece el arduo trabajo de la venta a ras de piso en este y otros municipios.

Pero también hay cabida para la fe, la cual se profesa al interior de un exconvento franciscano que data del siglo XVI y cuya arquitectura a la lejanía asemeja un castillo que se esconde entre la verde maleza del cerro: uno de los testigos más antiguos de toda la vida y transformación de Atlixco.

Serenas o agitadas, extasiadas o ajetreadas, cada persona avanza de manera diferente y a su ritmo por las variadas rutas que los llevan a la cima del cerro, que en los atardeceres poblanos, cuando los rayos de sol están por fugarse, bañan de un peculiar dorado todo el valle de Atlixco.

Encantadora, asombrosa y extenuante, así es una caminata en el Cerro de San Miguel, en donde los vecinos se reconocen como parte de ese gigantesco montículo de tierra que es visible incluso desde la carretera y en el cual seguirá ese columpio que yace allí en espera de más curiosos