El postre por excelencia poblano tiene una historia entrañable y enternecedora. Angelina, una niña de 13 años, fue llevada al convento de Santa Inés para ser educada. Debido a sus grandes habilidades en la cocina, fue nombrada responsable de la misma. En una ocasión, la madre superiora encargó a Angelina preparar un postre especial para el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún quien estaría de visita en la ciudad. La joven cocinera mezclo entonces camotes, piña y azúcar en agua hirviendo hasta formar una pasta. Posteriormente, la dejó enfriar y formo delgados rollos y los entregó al religioso. Él quedó tan satisfecho que pidió llevar algunos y mostrárselos a sus conocidos. Esto dio origen a una de las leyendas de la comida poblana más curiosas.