Conoce la historia del Paseo Bravo, el parque que fue zoológico

Entre sus calzadas y arboledas, este sitio albergó también un acuario, un serpentario, zona de juegos y una pista de patinaje.

¿Imaginas permanecer en un sueño profundo y súbitamente despertar ante el potente rugir de un león impetuoso? Y no es realidad virtual a lo que me refiero sino a lo que vivieron cientos de poblanos que habitaron las colonias aledañas a la alameda pública, hoy conocida como Paseo Bravo que, entre sus calzadas y arboledas, resguardó un zoológico habitado por osos, venados, pumas, avestruces, zorros, serpientes y hasta leones africanos.

“Yo vivía en la 11 Sur 1910 y cuando oscurecía se escuchaba el rugir de los leones”, expone Margarita Cortés Caballero, quien por la cercanía (a cuatro cuadras) y su gusto por los animales acudía frecuentemente al zoológico municipal.

Recuerda que los leones eran preciosos, pero también había changos, osos, hienas, tarántulas y muchas víboras en el serpentario, “yo tenía entre 8 o 9 años e iba muy seguido porque me encantaban visitar a los animales y además porque tenía una zorra que me llevaba con su cadena para que viera a los de su misma especie (zorros) en las jaulitas. Me sentía soñada paseando con ella por el Paseo Bravo”, comenta orgullosa.

Durante 31 años, los habitantes de diferentes especies del zoológico, cautivaron a los poblanos a través de sus jaulas ubicadas paralelamente a la 13 sur, en la parte central que desemboca a la actual avenida Juárez (antes bulevar La Paz); en la zona donde hoy se encuentra el monumento dedicado al misionero franciscano Toribio de Benavente, mejor conocido como Motolinía, expone Eduardo Merlo, arqueólogo e historiador.

Merlo Juárez refiere que, entre las jaulas y los visitantes, había un poco de prado para que las personas no metieran la mano, pero las autoridades no contaron con el gran interés que despertaría “César”, el león de gran melena cuyos rugidos orquestaban las sinfonías nocturnas a las que se tuvieron que acostumbrar los pobladores.

“Había inocentones que se acercaban a la jaula del león para verlo de cerca, entonces César se aproximaba y levantaba la pata echándoles una meada en la cara que para qué te platico, eso era famoso; los que eran maldosos llevaban a los que no conocían al zoológico a visitar al ´hermoso león´ para que se les arrimara a hacer sus gracias”, comenta de forma jocosa.

También recuerda que entre los habitantes del zoológico había avestruces, osos, patos, gallinas de guinea, linces, gato montés y un año después de su inauguración, el zoológico se enriqueció con un serpentario, cosa que asegura que no fue del agrado de muchos pero tenía muchos reptiles que llamaban la atención de los curiosos. Se instaló en una caseta al extremo sur que, originalmente, fue hecha para los primeros sanitario públicos gratuitos de la ciudad, lo que era una gran novedad; aunque después de instaladas las serpientes, empezaron a cobrar.