El Teatro Principal también funcionó como almacén de cañones y polvorín e incluso se utilizó para corridas de toros y peleas de gallos.
La historia de más de 260 años del Teatro Principal ha sido muy compleja. No solo funcionó como escenario teatral, también sirvió como almacén de cañones y polvorín, e incluso, se utilizó para corridas de toros y peleas de gallos.
Por si fuera poco, el antiguo coliseo del siglo XVIII, sufrió un incendio que lo redujo a escombros en su interior. El edificio quedó abandonado y se convirtió en una ruina cubierta de maleza y basura hasta que el gobierno lo recuperó y renovó.
Una necesaria y nueva restauración trajo consigo la fundación del patronato “del principal”, lo que le devolvió su esplendor al coloso y revivió el gusto del público poblano por ir al teatro. Esta es su historia.
Corrales de Comedia
“Los primeros 150 años de la ciudad no existía un teatro como tal pero sí había muchos entusiastas, entonces la gente hacía piezas teatrales en sus propias casas. Se llamaban Corrales de Comedia, aprovechaban los patios interiores para poner un escenario y presentarse al público”, expone el investigador David Ramírez Huitrón, fundador de Puebla Antigua.
Refiere que en la Ciudad de los Ángeles existieron cuatro Corrales de Comedia. El primero fue de Juan Gómez de Melgarejo, y estaba en la antigua Calle de Herreros (3 poniente y 3 sur). Pero esta actividad no dejaba réditos a la autoridad y con el pretexto de que distraían a la población de sus actividades fueron clausurados.
Así la autoridad decidió construir un “Coliseo” (nombre con el que se conocían las salas de espectáculos), por lo que solicitó una bula, es decir, la autorización real para ello puesto que los ingresos que se generarían entrarían a las arcas de la corona.

Así lucían las ruinas del Teatro Principal en 1914, tras el devastador incendio que redujo a cenizas su interior en 1902 | Foto: Cortesía Biblioteca Lorenzo Becerril
El Coliseo Poblano
En 1742 el coronel Miguel de Román de Castilla y Lugo, quien era el alcalde mayor eligió el lugar donde se levantaría el Coliseo bajo el proyecto arquitectónico de Francisco Javier Salazar.
Se empezó a construir pero la bula (autorización real) y los permisos tardaron en llegar, dice y agrega que, aunque no estaba terminado el edificio, durante ese período se realizaban puestas en escena y la gente llegaba con su propia silla o sillones de sus casas para ver la función.
“El arquitecto Salazar no terminó la construcción y se la vendió en obra negra a Juan Ruiz de Ayala, quien para darle continuidad a la obra tuvo que pedir un préstamo y las que le prestaron el dinero fueron las monjas de Santa Clara. La bula data de 1752 pero todavía se tardaron nueve años en terminar la construcción, la autorización real está inscrita en la fachada del edificio“, detalla.
El Coliseo se inauguró en 1760, acondicionado para mil 600 personas, y funcionó hasta 1811 cuando las presentaciones fueron suspendidas de forma temporal por el movimiento independentista que había estallado en 1810.
“El obispo decía que no era de dios estar haciendo diversión cuando había gente peleando y matándose, se tenía que ir a misa a rezar para que se acabara el conflicto”, comenta.
“El principal” de Puebla
Las funciones se reanudaron para 1821-22 pero el paso del tiempo había causado estragos en el Coliseo. Había que darle mantenimiento y el ayuntamiento no tenía los recursos para hacerlo, por eso durante algún tiempo permitió que en su interior se llevaran a cabo corridas de toros y peleas de gallos.
“El ayuntamiento buscaba algún concesionario para que se comprometiera a repararlo y que recuperara la inversión con las funciones pero no encontraba quien, fue un periodo muy inestable y las presentaciones eran intermitentes. Después vinieron las epidemias y los conflictos bélicos y poco a poco se fue arruinando hasta que se quedó el puro edificio. Para 1856 ya era ocupado como almacén de artillería; de hecho, durante el Sitio de Puebla se utilizó como almacén de provisiones”, señala.
En ese momento (1863) el gobernador de Puebla era Jesús Gonzáles Ortega y como la situación económica del ayuntamiento era muy desesperada le vendió el Coliseo a Manuel Azpíroz, quien no lo pudo reclamar hasta que terminó la Intervención Francesa en 1867.
Azpíroz fue un abogado y un militar poblano que participó en la Batalla de Puebla, también fue miembro del jurado que condenó a Maximiliano en Querétaro y después diplomático en Washington.
A partir de que Azpíroz obtuvo el teatro se comenzó a regularizar la vida útil del mismo. Lo reconstruyó, lo echa a andar y lo explotó como empresario junto con sus descendientes. Fue su mejor época.
“A lo largo del siglo XIX otros particulares fueron abriendo sus propios teatros, como el progreso, el círculo católico, el del genio, el de los gallos; y para diferenciar el Coliseo de los demás, lo empezaron a llamar: Teatro Principal, porque era el más antiguo de la ciudad”, subraya.

La restauración definitiva
Hacia finales de la década de los cincuenta, el teatro estaba nuevamente deteriorado por la actividad que se realizó durante 20 años. Entonces se emprendió una nueva restauración, la definitiva, promovida por Manuel Reigadas Huergo, conocido como “El señor del teatro” y quien ha ocupado diversos cargos como promotor de la cultura y el teatro, para el estado y la República.
El Teatro Principal recuperó su esplendor y comenzó a ofrecer un foro digno para las compañías teatrales y un espacio para grupos de aficionados, así como para actores, directores y músicos de renombre. Se presentó lo mejor del teatro y los espectáculos a nivel nacional e internacional.
Desde entonces a la fecha el Teatro Principal ha sufrido tres modificaciones y de acuerdo con al maestro Reigadas, el patronato está extinto.
